Reflexión:
Vivimos obsesionados con la permanencia. Queremos que las cosas buenas duren para siempre y medimos el éxito por la cantidad de tiempo que logramos retener algo a nuestro lado. Sin embargo, la vida nos demuestra constantemente que la eternidad no se mide en minutos, sino en intensidad. Hay conversaciones de cinco minutos que cambian el rumbo de una vida entera, y personas que pasan fugazmente por nuestros días pero se quedan para siempre en nuestra estructura emocional. No te lamentes por la brevedad de los momentos hermosos; agradece la marca profunda e indeleble que dejaron en tu alma, porque son esas huellas las que verdaderamente nos dan forma.