Reflexión:
Vivimos en una sociedad acostumbrada a lo desechable, donde la delgada línea entre el aprecio y el uso suele desdibujarse. A veces caemos en el error de querer a las personas por la función que cumplen en nuestras vidas —porque nos acompañan, nos validan o nos complementan— y no por quiénes son en realidad. Pero el amor verdadero nunca exige sumisión ni busca el beneficio propio; no aprisiona con expectativas ni manipula para obtener una recompensa. Amar de verdad requiere la valentía de abrir las manos y comprender que el otro es un ser libre, no una herramienta para llenar nuestros vacíos. Quien utiliza consume, pero solo quien ama de manera desinteresada logra florecer y hacer florecer a los demás.
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