
Reflexión:
La obsesión por capturar el tiempo es la batalla más perdida de la humanidad. Pensamos que lo poseemos, que podemos medirlo, cuando en realidad somos nosotros quienes somos medidos por su imparable marcha. A medida que avanzamos, la textura del tiempo se altera: las horas que antes eran eternas en la infancia se comprimen hasta parecer parpadeos en la edad adulta. No es que el tiempo se acelere, es que nuestra capacidad de asombro se diluye en la rutina. Aceptar que somos pasajeros en una línea de sentido único es el primer paso para dejar de pelear contra el calendario. La verdadera madurez no llega al sumar años, sino al comprender que cada momento es un espectro que desaparece en el instante en que intentamos definirlo. Vivir es aprender a soltar lo que acaba de suceder para dejar espacio a la incertidumbre del siguiente latido.
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