Reflexión:
El tiempo no pasa, nos atraviesa. A menudo nos observamos en el espejo esperando encontrar la mirada de alguien que ya no nos pertenece del todo. Somos una acumulación de versiones pasadas, estratos sedimentados por decisiones y cambios sutiles que, sumados, nos convierten en extraños para nuestro propio yo de hace una década. La tarde que cae sobre la ciudad es un recordatorio constante de que nada permanece estático. No es una pérdida de identidad, sino una mutación necesaria. Cada día, dejamos atrás fragmentos de nuestra personalidad que ya no encajan en el presente. A veces, la nostalgia nos intenta frenar, tratando de recuperar versiones caducas, pero la vida exige una entrega constante al momento actual. Somos un río que nunca es el mismo agua, una narrativa en constante escritura donde los borradores se pierden en la memoria. Aceptar el paso del tiempo es admitir que no somos un monumento, sino una experiencia dinámica, un proceso que fluye sin pedir permiso ni explicación, dejándonos únicamente la libertad de ser quien decidimos habitar en este segundo preciso.